Seis de la mañana. Suena el despertador y es domingo. Hay que moverse antes de cuestionárselo. Desayuno intenso. No cometeré más errores de café y triste bollo. Coche y caravana hacia Bustarviejo. Hay 88 razones para no venir acá y sólo una para salir; la locura. Esta vence. Arrancamos. La gente sale más tranquila de normal. Es la salida neutralizada. Bienvenidos a Bustarviejo y demás elogios. Salida real. Km 8, rotura de un radio. Lo retuerzo como puedo y me prometo bajar tranquilo. Me miento. Pista, mucha pista. La gente va muy rápido. Olvidaron que queda todo. Pasamos primer control y a mi compañero se le pone el sillín mirando al cielo. Paramos. Otra vez a los dos minutos. Vísteme despacio que llevo prisa, diría mi padre. Más pista. El polvo se me mete en la garganta. Primer avituallamiento. Estamos civilizados, por ahora.
Alguna vereda que se deja disfrutar y primera pared. La cuesta se lleva gran parte de las reservas. Collado y bajada. Caídas en la grava. Salto, vereda y pista. Segundo avituallamiento pasado el kilómetro 40. Damos miedo al llegar. Las chicas nos alimentan como a fieras de circo. Su salvación es que todavía quedan más comida. Reencuentros, estiramientos y pared. Los necios juramos y perjuramos. Se lleva lo que queda en la saca de reservas. A quien las tuviera. Llega Canencia. Pista otra vez. Subo tirando de riñón y me adelantan hasta los que van andando. Nada tiene sentido. Antes de acabar la subida llega la rebelión del muslo. Tirón, grito y cuerpo a tierra. Solo un amago, puedo seguir. La imagen de la bajada del puerto me hace levantar y seguir dando pedales. Tercer control de paso y declaración de lo que viene…todo para abajo. Como si fuera hacia el mismo infierno la ruta se pone vertical. Otra vez, pero esta vez a mi favor. Es mi terrero. Me lanzo. Me toca pedir paso. Voy mal de fuerzas, pero puedo con las piedras. Una tras otra. La sensación de recuperación física no llega.
Kilómetro 60. Paso el corte con casi una hora de anticipación. Me toca esperar a mi compañero. Estiro, pero las piernas no quieren dar más de sí. Todo es excusa para dejarlo, menos el pundonor. Llega mi compañero. Está mal. Estiramos y nos comprometemos a acabar. Dos peladas después su cuerpo dice basta. Inteligente decisión. Han pasado cinco horas. Nos rendimos.
Cabeza gacha. Nos ha vencido la prueba. Tenemos una cita el próximo año.